Sin náufragos

Apátridas por vocación y circunstancias.
Víctimas de causas perdidas.

Cargueros que se cruzan
en los límites del mar,
bordeando los vacíos
donde se sume el agua
y el dragón marino reina.
Más allá de lo conocido.

 

Sin náufragos;
prudentes, avisados,
conocedores del riesgo.
Valientes, generosos,
conscientemente alegres.

Rinde tu carga en un puerto remoto.
Comienza de nuevo;
hay señales en tu casco,
pero el timón gobierna
con impulso sostenido.
Después, déjame sentirme
tu muelle de fortuna.
Descansa y repara en mi costado.
Toma fuerzas.

Con el alba, navega
hacia donde el sol asoma.
Reanuda el concierto
con el arco entre tus dedos;
faltan tremendos atardeceres
de exquisito color malva.

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Evitable vicio

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Un día empezaremos
y todo habrá acabado.
El Pony-Express,
o el husar galante,
no viajarán,
galope y barro en la cara,
-cuerpos tendidos-
entre el puerto de postas
de tu móvil y el mío.
Ni dibujaran los cielos
susurradas palabra,
con el trazo volátil
del humo en la pradera.
Quizá despertemos,
o durmamos para siempre,
la ebriedad necesaria
por vivir sin nosotros:
los pájaros, la lluvia,
el ganado paciente,
perderán este norte
reflejado en mi boca,
cuando cierra la tuya
a la vil impureza.
No he venido a decirte
lo mucho que te quiero:
¡Evitable vicio
que me lleva a repetirme!
“Pretender” es el verbo
que he vestido de negro,
el que expresa deseo
sin premura ni vehemencia.
Pues pretendo, por eso,
que recuerdes, constante:
aún nos quedan remedios
de expertos boticarios.
Las pócimas, los filtros,
los amados venenos
que resuelven la vida
si la muerte es necesaria.
Pero no veo tu timbre
destinado al asunto
que tanto a mi me ocupa
-que de ti tanto depende-.
Te presiento perdida,
es más,
te constato a la espera
del retorno de antiguos
espasmos que te añoran.
Yo no puedo hacer nada;
todo vive en tus manos.
Por eso está mañana,
aún a tiempo, o ya muerto,
amanezco con profundas
ganas de llorar.

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La Vida adora lo incierto

Albas noches, negros días,
tiene el futuro encubiertos.
Absorta en su lejanía,
ajena a todo tormento
-casquivana nadería-
la vida adora lo incierto.

Absurdo polvo de estrellas
o material de los sueños…
Ambas cosas a la vez.
Grandeza;
cuna de dioses pequeños.

Pasa y duele su elegía,
como se duelen los huesos
-indiferente agonía
de piedra menuda y muerto-
que yacen en cantería,
cuando va a cambiar el tiempo.

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Esa boca, decía.

Mientras espero, rezo
porque esa boca,
sensual y libre,
exquisita de palabras y textura,
la que se mueve con aritmética perfecta
modulando los sonidos
que calman la más íntima ansiedad de mi espíritu,
después de calmar mi cuerpo.
Esa boca, decía,
no cambie las coordenadas,
ni altere sus derroteros;
no mire los guiños
de otros puertos poderosos, elegantes
(New York, Amsterdam, Shanghai…
la mítica rada de Alejandría)
sino que persista
en la piel
que se ha dibujado en mapas para acogerla;
para contener,
en bonos de fantasías canjeables,
todos los rincones que aquietan la belleza del Planeta.
Íntimos, confortables, discretos…
Nuestros.

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Polvos de Estrella

Sus vidas corrieron en paralelo porque habían nacido de la misma estrella; hijos de un único resplandor del Cosmos, solo usaron los medios humanos para llegar al último rincón sin explorar.
Uno engendró al otro por pura estrategia. Era la mejor manera de prolongarse en la Tierra, más allá de la esperanza de vida de una generación (humana).
Así, aquel nació primero y, pacientemente, esperó su momento de madurez para engendrar al otro.
Cada gesto mutuo fue pretendido. Buscado y conseguido con descaro e inoportunidad, se diría que con desprecio hacia la condición material. O, al menos, así lo apreciaban quienes intentaron aplicar la razón frente a ellos.
Parecían a veces alejarse. Casi entregarse maltrato -polvo de estrellas encarnado, cumpliendo funciones, ignotas, para cada partícula de su ser-. Ensayando dureza y ternura como puro juego de aprendizaje. Como experiencia curiosa, imposible -y necesaria- sin esta encarnadura.
Nada quedó escrito de sus vidas. Sí los rostros, en cierto modo inefables, por esquinas de ciudades que no los comprendieron; de bosques que admitieron su presencia; de trozos de olas que les regalaron espuma.
En algunos corazones dibujaron caricias, como en cuevas primitivas plasmaron otros emoción por la belleza. A quienes esperaron fidelidad les entregaron lealtad; al exigírseles respeto, devolvieron pasión por lo admirable.

Así fue.

Planeta Tierra, algunos años después, junio 2007

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En mitad del otoño

 

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Me siento desechado
por el desagüe que sume
las turbias ilusiones;
por la cuneta que arrastra
el agua que no bebo.
Como el aire post mortem
en el pecho del difunto,
o el último trago de vino
que no llegó a la sangre.

He donado a la ciencia
todas las emociones,
incluida la tristeza
que encubren las palabras.
Todo es vuestro, ¡oh jaurías
en despachos oficiales!
También este suspiro
que nadie me recoge,
-que apenas me conmueve-.

Se aproxima la hora
de lavar los pinceles
y que valoren otros
si la obra está acabada.
Me acepto responsable
del trazo, del boceto…
El resto, fue la vida,
quien manejó mi mano.

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Como debe ser

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Ya sabéis que noviembre es el mes en que la “Puerta permanece abierta”.
Acaba de volar de mi patio un Mirlo. Son cómicos adorables, y músicos exquisitos, que vienen a comer los restos del pienso que siempre dejo, como “Parada y Fonda”, a los gatos del barrio.

Al verlo elevarse en su negrura, en esta hora final de luz de día, lo enlazaba con la “Puerta de noviembre” y recordaba intensamente a ese -adorado, cada día más- tío carnal, único en mi caso -corta familia-, que ofició de demiurgo en todas mis experiencias de pubertad.
El primer cigarrillo, el primer “Cuba libre”. Las primeras trasnochadas, el primer amanecer. El primer contacto carnal -claro, cómo no-, después de las primeras advertencias: “No me falles, sobrino”.
Todo recuerdo de iniciación está ligado a él; “todo lo que un hombre debe saber para ejercer de hombre”, me llegó de él. Conocer el vino, evitar las pendencias, abrazar a un amigo, besar a una mujer.

Fue, el hermano pequeño de mi madre, ese familiar que te quiere, no estando expresamente obligado, sabiendo verte sin extrema exigencia ni tiernos miramientos.
Quizá me observó demasiado “educado”, demasiado protegido -demasiado ingenuo, demasiado expuesto- y puso los medios para evitarlo. Compensó tanta misa de domingo con muchas madrugadas de sábado para que el ángel y el demonio tuviesen las mismas oportunidades, como debe ser.

Tal que todos los amados de los dioses, murió joven.

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