Luz de faro

Pensé que eras llamarada,
lúmenes infinitos
de la explosión de una estrella,
partículas cuánticas en huida,
con la noche a cuestas.
Y no fue más que insigne
luz de faro, herida abierta,
parpadeo circular
que entrevé una presencia
-prueba de vida,
melancólica destreza-.
Luego, la noche del mar,
con su tristeza perpetua.

 

Débil de fe, la Aguja
del Norte perdió el sentido.
Quizá en “Los Sures” se duerma:
acogedores, festivos…
En el sur, la primavera,
dejó al invierno rendido,
con azahares que alfombran
las calles donde transito.
Amanece. Vuelvo a casa
más unitario que esquivo.
La primavera -de nuevo-
aroma el bien que respiro.

Admiro a quien sobrevive
de los naufragios pequeños;
siempre te salva una playa
si vas pendiente de sueños.
Cuando desvestí mis pies,
para pisar tu velero,
me ofrecí de tripulante,
nunca he sido pasajero.
Navegar es un oficio
hecho de pasión y riesgo.

Con paso desavisado,
llega un fin inexistente,
continuo regreso al hado.

Es el arte de vivir
quizá una espera paciente
valorando lo corriente
que se vuelve cotidiano:
Caín envidiando a Abel,
¿burlaba Abel a su hermano?

Sin empeñar lo aparente
-paz de silencio elocuente-
busco de reojo el faro.

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Añil

Triste la casa, el sonoro ladrillo,
la cal azul, la tránsfuga enredadera;
sorda la escalera sin tus tacones;
mudo está el címbalo de la barandilla.

No ocurre nada:
leve chasquido,
desconsuelo íntimo,
sueño en la garganta.
Cuando en el sofá te escribo,
me hace burlas la pared
que dejó de separarnos.

Imposible disculpar
que me dejes solo:
empezarán las semanas
en las tardes de domingo.
Nada que tú sepas;
adversidades
de un vecino cordial
que compartió la calle.

Me acerco al mastín;
acaricio su pelo
y no suplo la pena
de pasear sin su amigo…
Está envejeciendo.

También yo.
Donde falta un latido
-donde falta un ladrido-
no es prudente seguir
desgranando detalles.

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Antes del siguiente paso.

Como una diosa discreta,
carnalizada en el Metro
-el “Annie Hall” calado-,
las estaciones van pasando.
A “Sol” sucedió “Gran Vía”;
buscando calle Valverde,
hacia el solsticio, nos bajamos.
No fue fácil olvidar tanto verano,
sus descansos de familia;
mis eternas noches de Pascua,
la cena con tus hermanos.
No fue fácil, pero nos bajamos;
cuando elegiste las fotos
que embellecen tu piano.

La mirada perfecta,
la palabra precisa,
el tiempo en la mano…
Todo el Mundo de Dios al alcance
y nosotros tan paganos.
No sé si cantaron más
los pájaros de aquel año,
digo que fue más amada
cada nota de su canto.
Tú sabías,
por ese instinto sereno
que supera guerra y llantos,
cuándo imploraban remiendos
mis calcetines gastados.
Yo sabía,
por este proceso viejo
que hace florecer el páramo,
cómo encendían tu vientre
las lunas de espejo claro.
No era cabal, pero sucedía;
como la sombra
y el cuerpo humano.


…..
…….

Ha regresado el silencio,
por cada estación, silbando;
tras las hojas del otoño,
llegó el invierno a los prados.
Vuelves en papel antiguo,
de fotogramas gastados
-cuando a punto está el olvido,
cocinado a fuego y barro-,
resuelta a que no deshaga
el dibujo afortunado
que mantuvo la memoria,
de tu belleza, reinado.

Y me recuerdas que un día
juré por lo más sagrado…

“Si un bus no parase en tu puerta,
o una lluvia inesperada
te inundara el corazón,
no dudes que habrá unos ojos,
cansados, pero atentos,
que apartarán de nuevo
cada piedra que tu pie señale,
sin más que la limpia llama
en tus labios se lo pida.
No la voz de tu deseo;
con esa cuento.
Sino la llama pura
de tu alma eterna.
La que ordena cada cosa
antes del siguiente paso”.

Y yo accedo a no borrarte,
renovando mi promesa.

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RENACIMIENTO (Para IM)

Capaz de remover la piedra tosca,
derrite nieve, su tacón descalzo;
la niña guapa -la princesa rota-
a la que nunca cedieron el paso.

Por sencillez, no sabe cuánto alumbra
ni comprende la belleza que derrama.
Paseando los volantes no pregunta:
hace gala de estirpe sevillana.

Moviendo va el vestido de lunares
entre rugidos de la pasarela
que sabe distinguir a quienes valen…

Si no encuentras al hombre que compare,
que pueda separar percal de seda,
resérvate para otro que te iguale.

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Sin náufragos

Apátridas por vocación y circunstancias.
Víctimas de causas perdidas.

Cargueros que se cruzan
en los límites del mar,
bordeando los vacíos
donde se sume el agua
y el dragón marino reina.
Más allá de lo conocido.

 

Sin náufragos;
prudentes, avisados,
conocedores del riesgo.
Valientes, generosos,
conscientemente alegres.

Rinde tu carga en un puerto remoto.
Comienza de nuevo;
hay señales en tu casco,
pero el timón gobierna
con impulso sostenido.
Después, déjame sentirme
tu muelle de fortuna.
Descansa y repara en mi costado.
Toma fuerzas.

Con el alba, navega
hacia donde el sol asoma.
Reanuda el concierto
con el arco entre tus dedos;
faltan tremendos atardeceres
de exquisito color malva.

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Evitable vicio

foto100

Un día empezaremos
y todo habrá acabado.
El Pony-Express,
o el husar galante,
no viajarán,
galope y barro en la cara,
-cuerpos tendidos-
entre el puerto de postas
de tu móvil y el mío.
Ni dibujaran los cielos
susurradas palabra,
con el trazo volátil
del humo en la pradera.
Quizá despertemos,
o durmamos para siempre,
la ebriedad necesaria
por vivir sin nosotros:
los pájaros, la lluvia,
el ganado paciente,
perderán este norte
reflejado en mi boca,
cuando cierra la tuya
a la vil impureza.
No he venido a decirte
lo mucho que te quiero:
¡Evitable vicio
que me lleva a repetirme!
“Pretender” es el verbo
que he vestido de negro,
el que expresa deseo
sin premura ni vehemencia.
Pues pretendo, por eso,
que recuerdes, constante:
aún nos quedan remedios
de expertos boticarios.
Las pócimas, los filtros,
los amados venenos
que resuelven la vida
si la muerte es necesaria.
Pero no veo tu timbre
destinado al asunto
que tanto a mi me ocupa
-que de ti tanto depende-.
Te presiento perdida,
es más,
te constato a la espera
del retorno de antiguos
espasmos que te añoran.
Yo no puedo hacer nada;
todo vive en tus manos.
Por eso está mañana,
aún a tiempo, o ya muerto,
amanezco con profundas
ganas de llorar.

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La Vida adora lo incierto

Albas noches, negros días,
tiene el futuro encubiertos.
Absorta en su lejanía,
ajena a todo tormento
-casquivana nadería-
la vida adora lo incierto.

Absurdo polvo de estrellas
o material de los sueños…
Ambas cosas a la vez.
Grandeza;
cuna de dioses pequeños.

Pasa y duele su elegía,
como se duelen los huesos
-indiferente agonía
de piedra menuda y muerto-
que yacen en cantería,
cuando va a cambiar el tiempo.

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