Antes del siguiente paso.

Como una diosa discreta,
carnalizada en el Metro
-el “Annie Hall” calado-,
las estaciones van pasando.
A “Sol” sucedió “Gran Vía”;
buscando calle Valverde,
hacia el solsticio, nos bajamos.
No fue fácil olvidar tanto verano,
sus descansos de familia;
mis eternas noches de Pascua,
la cena con tus hermanos.
No fue fácil, pero nos bajamos;
cuando elegiste las fotos
que embellecen tu piano.

La mirada perfecta,
la palabra precisa,
el tiempo en la mano…
Todo el Mundo de Dios al alcance
y nosotros tan paganos.
No sé si cantaron más
los pájaros de aquel año,
digo que fue más amada
cada nota de su canto.
Tú sabías,
por ese instinto sereno
que supera guerra y llantos,
cuándo imploraban remiendos
mis calcetines gastados.
Yo sabía,
por este proceso viejo
que hace florecer el páramo,
cómo encendían tu vientre
las lunas de espejo claro.
No era cabal, pero sucedía
como la sombra
y el cuerpo humano.


…..
…….

Ha regresado el silencio,
por cada estación, silbando;
tras las hojas del otoño,
llegó el invierno a los prados.
Vuelves en papel antiguo,
de fotogramas gastados
-cuando a punto está el olvido,
cocinado a fuego y barro-,
resuelta a que no deshaga
el dibujo afortunado
que mantuvo la memoria,
de tu belleza, reinado.

Y me recuerdas que un día
juré por lo más sagrado…

“Si un bus no parase en tu puerta,
o una lluvia inesperada
te inundara el corazón,
no dudes que habrá unos ojos,
cansados, pero atentos,
que apartarán de nuevo
cada piedra que tu pie señale,
sin más que la limpia llama
en tus labios se lo pida.
No la voz de tu deseo;
con esa cuento.
Sino la llama pura
de tu alma eterna.
La que ordena cada cosa
antes del siguiente paso”.

Y yo accedo a no borrarte,
renovando mi promesa.

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RENACIMIENTO (Para IM)

Capaz de remover la piedra tosca,
derrite nieve, su tacón descalzo;
la niña guapa -la princesa rota-
a la que nunca cedieron el paso.

Por sencillez, no sabe cuánto alumbra
ni comprende la belleza que derrama.
Paseando los volantes no pregunta:
hace gala de estirpe sevillana.

Moviendo va el vestido de lunares
entre rugidos de la pasarela
que sabe distinguir a quienes valen…

Si no encuentras al hombre que compare,
que pueda separar percal de seda,
resérvate para otro que te iguale.

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Sin náufragos

Apátridas por vocación y circunstancias.
Víctimas de causas perdidas.

Cargueros que se cruzan
en los límites del mar,
bordeando los vacíos
donde se sume el agua
y el dragón marino reina.
Más allá de lo conocido.

 

Sin náufragos;
prudentes, avisados,
conocedores del riesgo.
Valientes, generosos,
conscientemente alegres.

Rinde tu carga en un puerto remoto.
Comienza de nuevo;
hay señales en tu casco,
pero el timón gobierna
con impulso sostenido.
Después, déjame sentirme
tu muelle de fortuna.
Descansa y repara en mi costado.
Toma fuerzas.

Con el alba, navega
hacia donde el sol asoma.
Reanuda el concierto
con el arco entre tus dedos;
faltan tremendos atardeceres
de exquisito color malva.

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Evitable vicio

foto100

Un día empezaremos
y todo habrá acabado.
El Pony-Express,
o el husar galante,
no viajarán,
galope y barro en la cara,
-cuerpos tendidos-
entre el puerto de postas
de tu móvil y el mío.
Ni dibujaran los cielos
susurradas palabra,
con el trazo volátil
del humo en la pradera.
Quizá despertemos,
o durmamos para siempre,
la ebriedad necesaria
por vivir sin nosotros:
los pájaros, la lluvia,
el ganado paciente,
perderán este norte
reflejado en mi boca,
cuando cierra la tuya
a la vil impureza.
No he venido a decirte
lo mucho que te quiero:
¡Evitable vicio
que me lleva a repetirme!
“Pretender” es el verbo
que he vestido de negro,
el que expresa deseo
sin premura ni vehemencia.
Pues pretendo, por eso,
que recuerdes, constante:
aún nos quedan remedios
de expertos boticarios.
Las pócimas, los filtros,
los amados venenos
que resuelven la vida
si la muerte es necesaria.
Pero no veo tu timbre
destinado al asunto
que tanto a mi me ocupa
-que de ti tanto depende-.
Te presiento perdida,
es más,
te constato a la espera
del retorno de antiguos
espasmos que te añoran.
Yo no puedo hacer nada;
todo vive en tus manos.
Por eso está mañana,
aún a tiempo, o ya muerto,
amanezco con profundas
ganas de llorar.

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La Vida adora lo incierto

Albas noches, negros días,
tiene el futuro encubiertos.
Absorta en su lejanía,
ajena a todo tormento
-casquivana nadería-
la vida adora lo incierto.

Absurdo polvo de estrellas
o material de los sueños…
Ambas cosas a la vez.
Grandeza;
cuna de dioses pequeños.

Pasa y duele su elegía,
como se duelen los huesos
-indiferente agonía
de piedra menuda y muerto-
que yacen en cantería,
cuando va a cambiar el tiempo.

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Esa boca, decía.

Mientras espero, rezo
porque esa boca,
sensual y libre,
exquisita de palabras y textura,
la que se mueve con aritmética perfecta
modulando los sonidos
que calman la más íntima ansiedad de mi espíritu,
después de calmar mi cuerpo.
Esa boca, decía,
no cambie las coordenadas,
ni altere sus derroteros;
no mire los guiños
de otros puertos poderosos, elegantes
(New York, Amsterdam, Shanghai…
la mítica rada de Alejandría)
sino que persista
en la piel
que se ha dibujado en mapas para acogerla;
para contener,
en bonos de fantasías canjeables,
todos los rincones que aquietan la belleza del Planeta.
Íntimos, confortables, discretos…
Nuestros.

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Polvos de Estrella

Sus vidas corrieron en paralelo porque habían nacido de la misma estrella; hijos de un único resplandor del Cosmos, solo usaron los medios humanos para llegar al último rincón sin explorar.
Uno engendró al otro por pura estrategia. Era la mejor manera de prolongarse en la Tierra, más allá de la esperanza de vida de una generación (humana).
Así, aquel nació primero y, pacientemente, esperó su momento de madurez para engendrar al otro.
Cada gesto mutuo fue pretendido. Buscado y conseguido con descaro e inoportunidad, se diría que con desprecio hacia la condición material. O, al menos, así lo apreciaban quienes intentaron aplicar la razón frente a ellos.
Parecían a veces alejarse. Casi entregarse maltrato -polvo de estrellas encarnado, cumpliendo funciones, ignotas, para cada partícula de su ser-. Ensayando dureza y ternura como puro juego de aprendizaje. Como experiencia curiosa, imposible -y necesaria- sin esta encarnadura.
Nada quedó escrito de sus vidas. Sí los rostros, en cierto modo inefables, por esquinas de ciudades que no los comprendieron; de bosques que admitieron su presencia; de trozos de olas que les regalaron espuma.
En algunos corazones dibujaron caricias, como en cuevas primitivas plasmaron otros emoción por la belleza. A quienes esperaron fidelidad les entregaron lealtad; al exigírseles respeto, devolvieron pasión por lo admirable.

Así fue.

Planeta Tierra, algunos años después, junio 2007

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