Esa boca, decía.

Mientras espero, rezo
porque esa boca,
sensual y libre,
exquisita de palabras y textura,
la que se mueve con aritmética perfecta
modulando los sonidos
que calman las más íntima ansiedad de mi espíritu,
después de calmar mi cuerpo.
Esa boca, decía,
no cambie las coordenadas,
ni altere sus derroteros;
no mire los guiños
de otros puertos poderosos, elegantes
(New York, Amsterdam, Shanghai…
la mítica rada de Alejandría)
sino que persista
en la piel
que se ha dibujado en mapas para acogerla;
para contener,
en bonos de fantasías canjeables,
todos los rincones que aquietan la belleza del Planeta.
Íntimos, confortables, discretos…
Nuestros.

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Acerca de Manuel J.

No cambiaría el sueño de una noche de verano por todos los placeres de la heroína.
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