Evitable vicio

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Un día empezaremos
y todo habrá acabado.
El Pony-Express,
o el husar galante,
no viajarán,
galope y barro en la cara,
-cuerpos tendidos-
entre el puerto de postas
de tu móvil y el mío.
Ni dibujaran los cielos
susurradas palabra,
con el trazo volátil
del humo en la pradera.
Quizá despertemos,
o durmamos para siempre,
la ebriedad necesaria
por vivir sin nosotros:
los pájaros, la lluvia,
el ganado paciente,
perderán este norte
reflejado en mi boca,
cuando cierra la tuya
a la vil impureza.
No he venido a decirte
lo mucho que te quiero:
¡Evitable vicio
que me lleva a repetirme!
“Pretender” es el verbo
que he vestido de negro,
el que expresa deseo
sin premura ni vehemencia.
Pues pretendo, por eso,
que recuerdes, constante:
aún nos quedan remedios
de expertos boticarios.
Las pócimas, los filtros,
los amados venenos
que resuelven la vida
si la muerte es necesaria.
Pero no veo tu timbre
destinado al asunto
que tanto a mi me ocupa
-que de ti tanto depende-.
Te presiento perdida,
es más,
te constato a la espera
del retorno de antiguos
espasmos que te añoran.
Yo no puedo hacer nada;
todo vive en tus manos.
Por eso está mañana,
aún a tiempo, o ya muerto,
amanezco con profundas
ganas de llorar.

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Acerca de Manuel J.

No cambiaría el sueño de una noche de verano por todos los placeres de la heroína.
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